Berlín,  Geometría del reverso,  relato

Aletha en paralelo berlinés


Miedo. Fuertes latidos en las sienes. Un ruido antes normal era ahora una amenaza. La puerta de un despacho cercano que se abría. Una gota de sudor corriendo por la espalda. Gente normal a su alrededor y ella caminaba casi sin respirar. Sus pasos por el pasillo con moqueta azul aburrimiento. Intentó inhalar profundamente. Nada que temer en la que llevaba siendo su oficina desde hace cuatro años. ¿Verdad? Se trataba de un error. Respiración entrecortada. Algún tipo de error que se podía explicar con facilidad. Músculos abdominales tensos. Ataque de pánico incipiente. Auto-diagnóstico irrelevante. 

Aletha dio dos pasos. Cuatro. Llegó sin saber cómo hasta los aseos. Dejó que la puerta se cerrara a su espalda y permaneció unos segundos inmóvil, contemplando los azulejos verdes del baño de señoras, con un pequeño cartel que pedía la ayuda de todas las usuarias en el mantenimiento de la limpieza de las instalaciones. Contó los azulejos. Todo muy correcto, muy conciso, muy alemán. Quizás un tanto aburrido para Berlín. 

Respiró.

Sacudió la cabeza. El espejo le devolvió una imagen de sí misma mirándose con el ceño fruncido. Volvió a sentir en miedo. Miró alrededor, porque podría haber alguien. Pero más allá de los lavabos, las cuatro puertas mostraban sus tazas blancas. Se metió en el cubículo final. Bajó el pestillo. 

Respiró en cuatro tiempos.

Se sentó en la tapa del retrete y puso sus manos sudadas sobre los pantalones. La piel de la punta de su zapato izquierdo estaba ligeramente rozada. Cerró los ojos.

Intentó respirar de nuevo desde el abdomen. Intentó tranquilizarse. Intentó buscar alguna explicación racional a lo que acababa de leer.

Olvidó la teoría y volvió a respirar.

Se masajeó las pantorrillas. Arrancó un trozo de papel higiénico y se secó la frente, que estaba perlada de sudor frío. Notó como algunos parches se pegaban a su piel. Se frotó, arrancando rollos de fina y alargada celulosa que podían perfectamente ser restos de sudada incredulidad.

No era posible. 

Stephie les había dicho que Marya se había trasladado a Múnich con su marido. Pero si eso era verdad, ¿qué sentido tenía el informe? ¿Para qué mentirles si luego iba a compartir una carpeta llena de valoraciones y transcripciones de sus sesiones con los trabajadores? ¿Era algún nuevo tipo de prueba de seguridad interna? ¿Se había equivocado la directora de Recursos humanos al asignar derechos de acceso? ¿Todo el departamento tenía acceso a la información? ¿Debería decirle algo? ¿A qué se dedicaba la empresa para la que trabajaba?

Parpadeó varias veces. Intentó ralentizar la respiración. Falló. Y falló. Y falló. 

Apoyó las manos contra la pared plásticas y notó su textura. Su tacto frío. La ligera pátina de algo que hacía pensar en tiempo y volvía la suave superficie ligeramente resbaladiza y pegajosa al mismo tiempo.

Habían hecho algo a Marya. Al menos ese era el resumen del informe que acababa de leer. El trabajo de Marya no era ser una headhunter para Recursos humanos. Trabajaba en algo llamado MogAus. ¿Un departamento o servicio de Winkler Analytics del que nunca había oído hablar? ¿Pertenecía quizás a las oficinas de Nueva York o Tokio y tenía gente en Berlín? ¿Cómo era posible que ella, en sus cuatro años como pscióloga de W.A. no hubiera oído siquiera mencionar MogAus? ¿Cómo era posible que no supiera algo tan importante de Marya? Estiró los brazos hacia el techo y los dejó caer lentamente hacia los lados. 

Respiró. 

¿Marya le había mentido? ¿Cuántos cafés compartidos tras las sesiones de pilates de los miércoles en el 11º piso? ¿Cuántos memes enviados por el chat interno? ¿Cómo era posible que una persona que se comportaba así le hubiera ocultado tantas cosas? ¿Cómo era posible que su historia fuera tan diferente de lo que Aletha creía?

Porque Marya no estaba en Múnich ni había decidido cortar el contacto con su antigua compañera de trabajo. Marya estaba tumbada en una cama, respirando por un tubo en su garganta, comiendo por un tubo en la muñeca, viviendo sin saberlo sus últimos días en una clínica de Hamburgo. Todo porque su última “misión” para W.A. -en cuyo preanálisis Stephanie mencionaba ya el riesgo de “decohesión neuronal”, fuera lo que fuese- la había convertido en un vegetal.

Era cierto que Marya se había comportando de manera un poco extraño la última vez que la había visto. Fría. Distante. Apenas había murmurado un saludo y había chocado ligeramente con una de las plantas de la cafetería. Eso como primer encuentro tras varios meses en los que el contacto entre ambas había pasado de ser un torrente a convertirse en un goteo que, al final, había cesado por completo. Ahora quizás tenía algo de sentido ¿Quizás? 

Contó el número de azulejos en la pared derecha. Cuatro horizontales nueve verticales.

En el informe sobre Marya, uno de los casi cincuenta que contenía la carpeta -con sus correspondientes casi cincuenta nombres-, Stephanie detallaba las veintiocho sesiones de evaluación psicológica tras cada uno de los viajes que Marya había realizado para W.A.

¿Pero viajes a dónde?

Alguien abrió la puerta de los baños y Aletha contuvo la respiración durante varios segundos hasta que escuchó el sonido de un grifo, acompañado del burbujeo del dispensador de jabón y, posteriormente, del secador de manos. Una trabajadora más. Posiblemente con rutinas normales. Una compañera que ahora abría la puerta y se convertía a un rumor de pasos. Alguien que no se tenía que preocupar por comprender si trabajaba para una empresa que, en realidad, se dedicaba a espiar, extorsionar y quién sabe qué más cosas a personalidades del mundo de las finanzas. Todo cobrándose la vida de sus trabajadores en el proceso. Como Marya, que había viajado demasiadas aveces a algún sitio identificado con códigos como L3δ para para comprobar la “evolución de un empuje”. Fuera lo que fuera que eso quería decir.

Miró al techo. A la luz fría de los fluorescentes. Bajó la mirada y expulsó lentamente el aire. Miró la punta de su zapato rozado. ¿Cómo era posible que en las tres páginas que había leído se concentrase tanto horror? ¿Qué podía hacer ella, que hasta hacía apenas una hora se enorgullecía de su trabajo, de la ayuda que brindaba a quienes “pasaban demasiado tiempo frente a la pantalla”, en su mayoría informáticos y estadistas encargados, creía ella, de valorar tendencias financieras? ¿Cómo había contribuido a lo que Stephanie llamaba, según lo que aparecía en varios momentos del informe final sobre Marya, “la necesidad de cerrar una línea personal”?

Era ridículo quedarse paralizada en el baño de la empresa. En todo caso debería salir de allí. Irse a un lugar en el que pudiera pensar y buscar sentido a lo que acababa de descubrir. 

Estaba a punto de abrir la puerta del aseo cuando una idea la paralizó: ¿y si todo fuera tan macabro como parecía? Necesitaría algún tipo de prueba para ir a las autoridades… Sacó su teléfono y comprobó que seguía teniendo acceso a sus carpetas de trabajo. Incluida la recién agregada MogAus-Verlaufskontrolle. Sin pensarlo dos veces utilizó una app de compresión para enviar todos los datos a su nube personal. Permaneció de pie observando la barrita azul marcar porcentajes ascendentes hasta que vio aparecer el mensaje de “Copia completa”. Respiró varias veces. Pensó en lo que iba a hacer una vez que volviera al mundo de la moqueta azul: se dirigiría a su despacho. Escribiría un breve mensaje a Stephanie diciendo que se encontraba mal. Bajaría por las escaleras. Saldría a la calle y se subiría en el primer tranvía o autobús que la llevase hacia el noreste de la ciudad, iría a casa de Aya y le contaría todo lo que había pasado. Su amiga, una hacktivista a la que había conocido por casualidad en un curso de cocina japonesa, siempre tenía un buen consejo preparado cuando el mundo de alguien giraba demasiado rápido.

Salió del aseo. Se lavó las manos de manera mecánica. Salió al pasillo. Al fondo, junto a la fotocopiadora, estaba Stephanie hablando con una de las jóvenes informáticas de la cuarta planta.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la oficina de Payroll. Cuando estaba llegando a la primera mesa no pudo más y comenzó a correr hacia el ascensor.

El botón estaba frío. La flecha indicaba que estaba subiendo. Recordó su plan y giró a la izquierda. Abrió la puerta de cristal que llevaba a las escaleras y comenzó a bajar escalones de dos en dos. Llegó a la planta baja y pasó frente a la recepción sin saludar al chico en prácticas que siempre trataba de pronunciar bien su apellido y quería aprender cada día nuevas palabras griegas. Frente a la puerta de salida vio a dos hombres vestidos con ropa casual pero elegante, pensó de inmediato que era el obvio uniforme de los headhunters. Pensó en Marya. Notó un escalofrío cuando pasó entre ellos para llegar a la calle. 

La Friedrichstraße la saludó con un bienvenido golpe frío. Caminó varios pasos antes de recordar que había dejado su abrigo y su bolso en la oficina. Al menos tenía su teléfono. Caminó hasta la parada del N2 que la llevaría en la dirección correcta.

Llegó a la parada y se dio cuenta de que en su teléfono parpadeaba una luz violeta. Mail del trabajo. Desbloqueó la pantalla con algo parecido a una premonición y casi no se sorprendió cuando vio quién era el emisario. 

Miró hacia atrás. Entre la gente creyó ver a un hombre calvo que trabajaba en la oficina. ¿La estaban siguiendo? Escuchó el sonido de metal contra metal y giró la cabeza. Se acercaba un tranvía, pero no era el suyo. Daba igual. Volvió a mirar hacia el edificio de su oficina. Todo parecía tranquilo. No veía a nadie vestido con el traje azul marino de seguridad. El hombre calvo que creía haber visto era posiblemente un turista cualquiera.

Respiró tranquila.

Guardó el móvil en el bolsillo delantero de los vaqueros y se dio cuenta de que estaba temblando de frío.

Varias personas comenzaron a gritar a su espalda. Entre las varias personas esperando el tranvía pudo ver que sobre las vías, a apenas dos metros de donde estaba, parecía haber un hombre tumbado. ¿Otro borracho que se caía del andén? El quejido de las ruedas del tranvía frenando contra los raíles parecía un grito, y se horrorizó al ver el frontal del vehículo amarillo y blanco acercarse al apeadero.

 Un hombre se pelo largo y ligeramente desaliñado se paró frente a ella y comenzó a hablarle rápidamente en inglés.

– Te están siguiendo. Saben lo que sabes. Ahora eres un riesgo de seguridad. Ellos no toleran riesgos.

Cara alargada. Pelo moreno muy canoso. Zapatillas de deporte un poco sucias. Abrigo verde oscuro que ahora estaba en la mano del hombre, frente a su cara.

– Ponte esto. Camina conmigo hacia la Georgenstraße.

Acento extranjero. No alemán. No norteamericano ni inglés. No griego, pero, quizás, similar. El abrigo, que ahora llevaba puesto sin ser consciente de haber tomado la decisión de aceptar, resultaba cálido. La mano del hombre en su brazo, apenas un roce que indicaba una dirección. 

– ¿Quién…?

Antes de que su cerebro se diera cuenta de que no había terminado la pregunta, sus pies ya habían comenzado a moverse. El hombre la seguía. Se dio la vuelta y vio al hombre que caminaba exactamente detrás de ella, como si de alguna manera la estuviera imitando. Por encima de su hombro derecho vio el tranvía inmóvil a pocos metros de la parada y a varias personas entorno al hombre que estaba sobre las vías. Entre la gente pudo ver una cabeza calva que giraba en diversas direcciones, buscando sin encontrar.

El hombre del pelo largo volvió a rozar ligeramente su brazo.

– Vamos. Tenemos poco tiempo para salir de aquí. Tenemos poco tiempo para impedir lo que están a punto de causar.

Siguieron caminando. El abrigo olía ligeramente a eucalipto. Recorrieron unos cuarenta metros de la Georgenstraße en silencio, con Aletha mirando hacia atrás cada pocos pasos y el hombre, que ahora no le parecía tan mayor como inicialmente había pensado por su pelo cano, ligeramente más relajado, siguiéndola unos pasos por detrás. 

– Un momento -dijo la voz a su espalda.

Se detuvieron frente a una tienda de ensaladas y el hombre comenzó a buscar entre un manojo de llaves hasta que encontró una pequeña con la que abrió la robusta cadena que unía dos bicicletas a una señal de tráfico. 

Aletha lo miró confusa. La cadena era claramente nueva, las bicis no. 

– Salgamos de aquí, rápido.

Se montó en una desvencijada bicicleta de mujer y le ofreció la otra, con mejor aspecto.

– No voy a ir a ningún sitio. Ni siquiera sé quién…

– Winkler es una tapadera para un negocio ilegal de manipulación y  extorsión. Han causado directa o indirectamente la muerte de varias personas…

El hombre dejó de hablar. Su mirada pareció perderse en los entresijos del sucio empedrado.

– …entre ellas gente que tú conoces. Hay una chica que está ahora en peligro sin saberlo, y tenemos que ayudarla. La información que tienes en tu poder es muy importante y ellos no quieren que salga a la luz.

– ¿Como sabes a quién conozco, qué tengo en mi poder o quién soy yo? -preguntó Aletha, mientras cogía el manillar de la bicicleta.

El hombre dio la vuelta al pedal para dejarlo justo bajo su pié izquierdo y se preparó para tomar impulso. Casi como un niño que no está seguro de poder seguir el ritmo de pedaleo una vez en marcha.

– Estoy en su sistema, por así decir. Llevo años observándolos. Han hecho daño a mucha gente.

Se masajeó la nuca con tres cuidadosos giros de muñeca, volvió a aferrar el manillar de gomaespuma negra de su bicicleta y se lanzó hacia delante, pedaleando un tanto inestable junto a los raíles hundidos del tranvía.

Aletha miró hacia atrás una vez más y pensó en el hombre calvo en la parada, en los informes de MogAus y en Marya. Pensó en que la vida era a veces muy extraña, y que eso no le gustaba. Como no le gustaba seguir a nadie a ciegas. 

El hombre seguía pedaleando en línea recta, sin esperarla, a unos quince metros de distancia. Aletha se subió en la bici, avanzó varios metros tratando de no hacer demasiado ruido y, al alcanzar el cruce con la Planckstraße, cruzó las vías hacia la izquierda y se lanzó a pedalear como si estuviera en una clase de spinning. 

Si la información de las carpetas era importante, ella sabía exactamente como darla a conocer a través de las redes de filtrados de internet. No le hacía falta que nadie le dijese qué hacer. Podía cruzar el río y llegar a casa de Aya en menos de media hora.

En la Georgenstraße, avanzando con tranquilidad sobre una bicicleta ligeramente oxidada y sin mirar hacia atrás, el hombre de pelo entrecano y zapatillas de deporte sonreía aliviado.

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